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Albéniz

Músico (1860-1909)

" La imprescindible necesidad de abandonar París y su infecta atmósfera artística "

Inicio de ruta: Residencia de Ignacio Zuloaga

Fin de ruta: Residencia de Vincent D'Indy

Número de lugares: 18

Distancia total: 5,206 km

Autor de la ruta: María de los Ángeles Sánchez Lucas

Profesora del Liceo Internacional de Saint Germain-en-Laye y del Colegio español, vinculada con la creación musical y artística contemporánea. Edita y gestiona gran parte de la obra de su esposo, el compositor madrileño José Manuel López López.

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Rincones parisinos de Albéniz París: La ciudad de "Iberia"

María de los Ángeles Sánchez Lucas

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En París

Si París fue importante para Albéniz, Albéniz también fue importante para París.
Su primer paso por la ciudad del Sena el 25 de abril de 1889 dejó un poso difícil de olvidar en los círculos musicales parisinos como virtuoso pianista y gran compositor y un profundo recuerdo como persona.

Desde que se instala en París 1894 y hasta su muerte en 1909, Albéniz forma parte importante e indisociable de la historia musical de esta ciudad, conoció y se codeó con todos los grandes, desde Debussy y Dukas pasando por Satie, Fauré, Ravel, d'Indy y tantos otros compositores que en esos años de final del siglo XIX y principio del XX estaban transformando la escritura musical y estableciendo las bases de la Vanguardia, y el Impresionismo francés. Albéniz se nutrió para su escritura de esta nueva manera de pensar la música, pero con voz propia, él decía «Hay que hacer música española con acento universal para que pueda ser entendida por todo el mundo». Si Albéniz supo asimilar estas nuevas tendencias, los compositores franceses también se inspiraron en él.

Albéniz sentía admiración por la música de Debussy, nada más llegar a París en 1894 asistió al estreno del Preludio a la siesta de un Fauno. Ambos compositores se procesaban un gran respeto, Debussy escribió: pocas obras hay en la música que sean comparables a El Albaicín. (...) Nunca la música ha alcanzado impresiones tan diversas y tan coloristas como en Eritaña.

Albéniz no sólo era querido por su música, sino también y mucho por su humanidad y carácter: era exuberante, divertido y locuaz; le encantaba contar historias y anécdotas con las que animaba fiestas y encuentros. Sus amigos le describían como un hombre bajo, gordo, con barba negra y un puro habano siempre en la boca, Dukas decía de él, que era Don Quijote con trazas de Sancho Panza. Fue una persona generosa como queda patente en su diario; el día de su 37 cumpleaños escribía: y la especial manera que tengo de pensar con respecto al cumplimiento del deber, no sólo bajo el punto de vista artístico, sino altruista; mis obligaciones con el prójimo las considero más sagradas que las mías propias y esto ha sido la norma de toda mi vida. Así lo demostró hasta el final de sus días; en los diferentes domicilios por los que pasó en Paris, siempre acogió a amigos y a artistas que llegaban a la aventura parisina o simplemente que tenían problemas de cualquier índole.

Podemos comprobar la importancia que tuvo Albéniz, gracias a los testimonios que nos han dejado sus amigos. En una carta que escribe Paul Dukas a Laura Albéniz cuando su padre ya estaba gravemente enfermo dice: Il faut absolument que M. Albéniz se soigne. Je le veux, d'abord pour moi, par égoïsme et ensuite parce qu'il est la tête de notre colonne et que s'il ne va pas, lui, rien ne va plus.

Es en este París que tan bien lo acogió, donde Albéniz se consagra como gran compositor, y donde compone su obra cumbre, Iberia, que sienta las bases de la escritura del piano moderno.

Poco antes de su muerte Granados le leyó una carta de Debussy informándole que el Estado francés le había otorgado la Cruz de la Legión de Honor.

Como todos los grandes su generosidad personal y musical ha dejado una estela indeleble.

María de los Ángeles Sánchez Lucas

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