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Pío Baroja

Escritor (1872-1956)

" Vivir en París para mi era darme cuenta de lo que podía ser un español ante el mundo europeo "

Inicio de ruta: Antigua Editorial Garnier

Fin de ruta: Antiguo hotel Flatters

Número de lugares: 14

Distancia total: 2,098 km

Autor de la ruta: José Manuel Pérez Carrera

Profesor de literatura y crítico especializado en novela española e hispanoamericana del siglo XX. Con sus alumnos del Liceo "Honoré de Balzac" de París, obtuvo un premio por "Tras la huellas de Pío Baroja por el París romántico".

En París

ESCRITORES ESPAÑOLES EN PARÍS HACIA 1900

Francia, y París más concretamente, van a ejercer una influencia considerable entre los jóvenes españoles que aspiraban a convertirse en escritores, allá en las postrimerías del siglo XIX.

La azarosa vida política española de aquel siglo había llevado a un exilio más o menos duradero a muchos escritores, artistas y políticos españoles. Desde los afrancesados que acompañaron a José Bonaparte en su retirada a Francia en 1813 hasta los republicanos tras la Restauración borbónica de 1874, Francia se convirtió en la residencia temporal forzada de muchos españoles. Recordemos, por citar sólo unos pocos casos relevantes, a Larra (que vive en Francia entre los años 1813 y 1818), a Leandro Fernández Moratín (muerto en París en el año 1828, tras once años de exilio intermitente), a Francisco de Goya (muerto en Burdeos aquel mismo año) o a la propia reina Isabel II (exiliada en 1868 y residente en París desde entonces hasta su fallecimiento en el año 1904) .

A esta obligada estancia francesa acompañó a lo largo del siglo otra, de carácter voluntario. Ya Larra nos ofrece un testimonio irónico de cómo en su época un viaje más o menos prolongado a París se había convertido en un cierta moda: "Los tiempos han cambiado extraordinariamente; dos emigraciones numerosas han enseñado a todo el mundo el camino de París y Londres. Como quien hace lo más hace lo menos, ya el viaje por el interior es una pura bagatela, y hemos dado en el extremo opuesto; en el día se mira con asombro al que no ha estado en París; es un punto menos que ridículo” (La diligencia).

En el caso que nos ocupa, finales del siglo, París apenas va a ser refugio político de ningún futuro escritor (la Restauración es suficientemente "liberal" como para no perseguir directamente a nadie por sus ideas) sino el lugar deseado por los jóvenes escritores para conocer el mundo, para ampliar sus experiencias vitales . En aquella época, la literatura francesa era la literatura extranjera más leída en España. Años antes, el realismo y el naturalismo habían sido objeto de acaloradas polémicas literarias en España. Ahora era la época de los parnasianos, de los simbolistas, últimos herederos de la vieja bohemia. Rimbaud, Mallarmé y, por encima de todos, "papá Verlaine" estaban en la cúspide de su fama. Había, pues, que ir a París y sacudirse el "pelo de la dehesa" madrileña. En política era el París del "affaire" Dreyfus; en lo científico era el París de Pasteur y de las grandes Exposiciones Universales de 1889 y de 1900; en lo pictórico ya había triunfado el Impresionismo y a esa ciudad se dirigirá en 1900 el joven Pablo Picasso; en lo musical era el tiempo de Debussy, de Ravel, de Saint-Saëns y de Satie; Zola seguía reinando en la novela, pero ya había surgido la pléyade de sus seguidores (Anatole France, Bourget, Maupasant, Prévost) y de los decadentistas, Huysmans, Barbey d' Aurevilly, Villiers de l' Isle-Adam, Maeterlink, Jarry... Todavía resonaban los ecos de Baudelaire y de la bohemia, recreada en las Escenas de la vida bohemia de Muger. Todo esto hará que, por ejemplo, Baroja llegue a París con una idea romántica, persiguiendo los lugares por donde discurrió la vida de los personajes de los folletinistas, de Víctor Hugo o de Eugenio Sué: "En aquella primera estancia mía quise ver París como quien se pone a leer Los miserables o las hazañas de Rocambole" .

El guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, el apóstol de la cultura francesa en la España finisecular, escribirá de París: "Cuando al volver, después de algunos meses o de algunas semanas de ausencia, veo a lo lejos las primeras torres lutecinas, mi pecho palpìta lleno de júbilo y de ansiedad. ¡'París -canta una voz en el fondo de mi ser-, París, París'! Y hay en estas breves sílabas de salmo íntimo, de salmo ferviente de la religión del alma, una ternura, un entusiasmo y una inquietud tan hondas, que sólo pueden compararse con el sentimiento que convierte un nombre de mujer, si es un amante quien lo pronuncia, en la síntesis de su amor y del amor. Porque París, para quien lo conocemos en toda su suavidad y lo amamos en todo su esplendor, es algo más que un nido, algo más que un refugio: es un santuario, es la fuente milagrosa de las nobles aspiraciones, es la ciudad santa del mundo moderno" .

El primero en acercarse a París será Unamuno, en 1889, el año de la inauguración de la Torre de Eiffel. Al año siguiente, ya lo vimos, llegará Blasco Ibáñez. Por esas mismas fechas, aproximadamente, lo hará Alejandro Sawa, a quien inmortalizará Valle-Inclán, en el Máximo Estrella de Luces de bohemia. En 1891 se instalará Gómez Carrillo y dos años después lo hará Rubén Darío. Luis Bonafoux, apodado "la víbora de Asniéres" (un pueblecito en las afueras de París donde residirá años), llegaría en 1894. Baroja y los hermanos Machado lo harán en 1899. Azorín se demorará hasta 1905. Sólo Valle-Inclán permanece al margen de esa atracción vital parisina: su primer (y único) viaje a la capital francesa será en 1916, como cronista de la primera guerra mundial.

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