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Rubén Darío

Escritor (1867-1916)

" París era para mí como un paraíso (...) la esencia de la felicidad "

Inicio de ruta: La Closerie des Lilas

Fin de ruta: Antiguo Café Cyrano

Número de lugares: 19

Distancia total: 5,229 km

Autor de la ruta: Jorge Harmodio

Joven escritor mexicano afincado en París, autor de la novela "Musofobia" y animador del taller de jóvenes escritores del Instituto Cervantes de París.

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Paseo por el París de Darío "París es todo"

José Salomé García Rivera

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DARÍO EN PARÍS

En 1913, tres años antes de morir, Rubén Darío escribe una crónica intitulada "Hombres y pájaros" para Mundial Magazine, revista que él mismo dirigía. En ella describe a París como un vasto cuerpo: la cabeza está en la Sorbona, el vientre y los órganos sexuales en los Grandes Bulevares (donde se come bien y se peca mejor) y los miembros en los industriosos barrios de los suburbios. Para entonces, París es un cuerpo plenamente poseído por Darío: hace trece años que más o menos vive en París, y el más o menos hace aquí referencia ya a los apuros económicos, ya a la compulsión nómada de este "hombre de todos los países cuya patria no era de este mundo" (Unamuno) que por hallarse en viaje permanente no poseyó nunca biblioteca alguna, exceptuando las públicas, las de los amigos y por supuesto esa que traía consigo en la Sorbona de su cabeza, conformada por un sinnúmero de lecturas en donde Darío halló los materiales imaginarios para construirse un paraíso prometido en donde lo apolíneo (Atenas) y lo dionisiaco (Versalles) se reconcilian y reúnen en un París ideal:

"Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del amor, el reino del Ensueño".
La Vida de Darío escrita por él mismo

Este primer París es un animal intelectual sordomudo, constituido en una lengua que Darío lee pero todavía no habla. Antes de que el poeta viaje a la ciudad, la ciudad viaja dentro del poeta siguiendo la trayectoria anatómica de la lengua francesa en su cabeza: de los ojos al cerebro, del cerebro a la boca, de la boca a la realidad. En 1880, cuando aún calca versos de Victor Hugo al español en la Biblioteca Nacional de Managua, Darío ya lee el francés pero no lo habla. En 1893, fecha de su primer viaje a París, Rubén corre a conocer a Verlaine y le "murmura" en mal francés toda la devoción. Volverá a París en 1900, cuando La Nación lo envíe a cubrir la Exposición Universal y ya no se irá más o menos nunca, poseyendo lengua y ciudad al fin.

Las alusiones a París son abundantes en la obra de Darío. Al París idealizado, fuente de una infinidad de tropos mitológicos, sigue un París encarnado, anclado sin duda en la experiencia del viaje de 1893 y particularmente visible en los poemas de más alta carga erótica de Prosas Profanas (1896). Una vez instalado en este "París que aspira a ser el cerebro del mundo porque es su corazón", Darío le dedicará una gran cantidad de crónicas que publicará primero en La Nación y después en Mundial Magazine. El Darío cronista es temáticamente omnívoro: le interesan por igual el último romance monárquico centroeuropeo, la revuelta estudiantil de turno, los señores que alimentan palomas en el Jardín de Luxemburgo, las pinturas del Salón de los Independientes o la carrera automóvilística París-Madrid.

Dice Julio Ortega, con respecto a la llegada de Darío a la Gare de Saint-Lazare, que ni los provincianos de Balzac tenían tan altas expectativas puestas en París. Tras la idealización, la encarnación y la crónica, el último tiempo de París en la obra de Darío es el de las ilusiones perdidas. El "París inconquistable de la Exposición Universal de 1900 ha dado lugar al centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todo surmenage"(Canto Errante, 1907) de cuyas garras de hechizo es difícil huir.

El Rubén Darío que dice adiós a París en 1914 es un hombre de 47 años, enfermo, sin un centavo, aquejado por el alcoholismo, pertinazmente parecido al Verlaine que conoció en su juvenud y que ahora se embarca en el transatlántico peregrinaje de irse a morir en su tierra natal. Pero sobre todo es un hombre que con un racimo de versos revolucionó métrica y lírica en su lengua, sacando a la poesía hispanoamericana de la larga resaca del Siglo de Oro. Y tanto en sus esplendores como en sus miserias, París fue el foco de la balzaciana parábola que trazó su vida.

Jorge Harmodio

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