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Jorge Edwards

Escritor (1931)

" La parisitis de Jorge Edwards "

Inicio de ruta: Embajada de Chile

Fin de ruta: Estudio (Hotel Le Charron)

Número de lugares: 18

Distancia total: 5,875 km

Autor de la ruta: Fernando Iwasaki

Fernando Iwasaki (Lima, 1961) es historiador, ensayista y escritor peruano. Vive en Sevilla, donde dirige la Fundación Cristina Heeren y la revista literaria "Renacimiento". Más información en www.fernandoiwasaki.com

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Memorias de Embajada Paseo por Montparnasse

Jorge Edwards, Fernando Iwasaki

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En París

La «parisitis» de Jorge Edwards

La vida y la obra de Jorge Edwards giran en torno a dos ejes esenciales. A saber, Santiago y París. Pienso en las continuas ocasiones que ha residido en París por razones profesionales o sentimentales; pienso en sus novelas parisinas como El origen del mundo (1996) o El inútil de la familia (2004), y pienso de manera especial en cómo se las ha ingeniado para exprimir todo el zumo literario posible de tantos chilenos enamorados de París como él mismo, pues por las páginas de Jorge Edwards deambulan Pablo Neruda y Vicente Huidobro, Alberto Blest Gana y Joaquín Edwards Bello, Teresa Wilms y Eugenia Huici de Errázuriz, todos enfermos de París.

La enfermedad de París apareció por primera vez en la obra de Jorge Edwards en «Huidobro y los esclavos de la consigna», un artículo de 1977 compilado en La otra casa (2006) donde apuntó: €œotro viejo cronista y escritor chileno, aquejado de la enfermedad de los metecos latinoamericanos, bautizada por él mismo como «parisitis», mi pariente Joaquín Edwards Bello€ (p. 72). Años más tarde, en las vísperas de una de las tantas mudanzas trasatlánticas evocadas en Adiós, poeta (1990) leemos:

€œ"Mientras nos despedíamos de París, estábamos seriamente enfermos, Pilar y yo, de esa enfermedad que Joaquín Edwards Bello, muchos años antes, en el París de comienzos de siglo, había definido como «parisitis» (...) Por todos lados nos encontrábamos e intercambiábamos impresiones con gente contaminada por el mismo mal. Julio Cortázar le había contado a Mario Vargas Llosa que en 1958, durante la crisis de la guerra de Argelia que provocó la salida de los tanques a las calles, él estaba obsesionado por el miedo de que destruyeran esa ciudad donde quería morirse. Queríamos morirnos en París, como en los tangos, y el recuerdo de nuestras provincias de origen sólo nos producía el efecto de una momentánea punzada, un interludio melancólico y secreto en medio de la vida cotidiana, marcada siempre por un ritmo nervioso, intenso, devorador". (p. 167).

Nada más comenzar el siglo XXI Jorge Edwards regresó a París para constatar que su mal era endémico: "Ahora he llegado a París una vez más, arrastrado por mi «parisitis» más o menos incurable, enfermedad antigua, en apariencia anticuada, pero que por lo visto se renueva por generaciones€ (Diálogos en un tejado, 2003, p. 142). Y como la sarna con gusto no pica, decidió dedicarle una novela al tío Joaquín, doctor en la materia: Tu enfermedad de París, de la «cara Lutecia» de Rubén Darío, tu «parisitis», como tú mismo la habías bautizado, era superior a tus fuerzas. Era un abismo mental, una pasión abisal, un vértigo". (p. 184)

El París de Jorge Edwards tiene texturas sensuales, olores hechiceros, sabores exquisitos, sonidos enervantes e imágenes memorables, como puede apreciar cualquiera que se deje arrastrar por sus descripciones de los alrededores de la iglesia de Saint-Sévérin, sus pesquisas en el Mercado de las Pulgas del Village Suisse, sus excursiones gastronómicas por la Rue de Montorgueil, sus demoradas caricias sobre las encuadernaciones de alguna rarísima edición princeps o sus festines fetichistas por las casas, tumbas y bistrots de sus escritores favoritos.

Leer a Jorge Edwards supone contraer la «parisitis».
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