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Rayuela

Ruta temática (1963)

" ¿Encontraría a la Maga? "

Inicio de ruta: Quai de Conti

Fin de ruta: Cementerio de Montparnasse-Tumba de Cortázar

Número de lugares: 27

Distancia total: 5,282 km

Autor de la ruta: José María Conget

Escritor aragonés nacido en Zaragoza en 1948. Licenciado en Filología Moderna, ha ejercido la docencia en varios países y ha sido gestor cultural en París y Nueva York.

Rutas

Itinerarios parisinos de Rayuela

Distinguiremos dos clases de itinerarios: uno, muy breve, que podríamos llamar externo, y que se ciñe a la figura del novelista: los lugares donde se gestó y escribió Rayuela; el segundo, interno, recorre el complejo callejeo que trazan los personajes de la novela mientras se buscan, se aman y se rechazan.

Itinerario externo

Las cuatro semanas que pasa Cortázar en París en 1949 no carecen de importancia para la futura Rayuela; esos días comienza la relación con el principal modelo de la Maga, Edith Aron, y recibe el flechazo de la ciudad donde vivirá gran parte de su vida y morirá. Durante ese periodo se aloja en la Maison d'€™Argentine de la conspicua Cité Universitaire International del Boulevard Jourdan.
Con Aurora Bernárdez habitará diversos inmuebles parisinos. Podemos suponer que las primeras vibraciones de Rayuela tuvieron lugar cuando la pareja vivía en el número 91 de la rue Broca, una callecita próxima al jardín des Plantes y que une el Boulevard de Port Royal con el Boulevard Arago; la redacción del cuerpo central de la novela debió realizarse en el 24 bis de la rue Pierre Leroux, en el 7º distrito. De ahí se trasladaron a principios de 1963 al 9 de la place du Général Beuret, en el distrito 15, no muy lejos del cementerio de Montparnasse donde el novelista está enterrado; en ese pavillon corrigió Cortázar las pruebas de la novela y recibió los primeros ejemplares una vez editada.
Durante toda la gestación de Rayuela Cortázar trabajó como traductor de la UNESCO y tendría que frecuentar la sede de ese organismo internacional en la place de Fontenoy.

Itinerario interno

Estos itinerarios no atienden a cierta unidad en el plano de París ni recorren la novela de manera lineal, sino que se ha procurado trazarlos, aun a riesgo de una frecuente dispersión, en función de la peripecia personal de los protagonistas. Están divididos en dos grandes grupos: los que recorren los amores y desamores de Horacio y la Maga y los que responden a los vagabundeos solitarios de Oliveira; a estos dos sectores se suman el particular del episodio con la pianista Berthe Trépat y un heteróclito €œvarios€ u €œotros donde se incluyen lugares parisinos que se mencionan en la novela pero no se corresponden a las andadura de los personajes.

1 Horacio y la Maga

Los itinerarios más ricos, por su diversidad, abundancia y precisión, son los que marcan la relación amorosa de Horacio y la Maga. Señalemos en primer lugar dónde viven los dos personajes: Horacio, en la rue de la Tombe Issoire, una calle del antiguo París, que comienza en la Place Saint Jacques y llega hasta el río; la Maga, y más tarde también Horacio que se instala con ella, en la rue Sommerard, en el distrito 5º, el barrio de la Sorbona, a unos veinte minutos caminando de la pieza de su amante. Al final de la parte parisina de la novela, se nos dice que la Maga se ha trasladado a otra dirección de la que ningún amigo tiene seguridad, tal vez a la rue Monge, en el mismo distrito donde compartió apartamento con Horacio.

Sabemos que la pareja se conoció cuando ella salía de un café de la calle Cherche-Midi –los cafés son esenciales en la vida de estos personajes€” y que ese mismo día fueron deambulando por la rive gauche hasta refugiarse en otro café del Boulevard Saint Michel; y en un tercer café, en Sévres-Babylon, empezaron a desearse, aunque la certeza del deseo, según recuerdo de Horacio, surge exactamente en un cuarto café de la rue Réaumur, cerca del Boulevard Sébastopol donde a la Maga le gustaba comprarse hot-dogs. Su primer cuerpo a cuerpo sexual se produjo en un hotel barato de la rue Valette al que el cínico Oliveira volverá a llevar a Pola en los €œcapítulos prescindibles€.

"€œUn encuentro casual era lo menos casual de nuestras vidas, asegura el narrador en de la parte de all´s. Fieles a esa filosofía, Horacio y la Maga no se citan nunca, se buscan por las rutas que la costumbre de vagabundear juntos ha ido tejiendo. De ahí el famoso comienzo de la novela (¿Encontraría a la Maga?€) y esos primeros párrafos en los que el protagonista imagina un caminar por determinadas calles por las que podría coincidir con su pareja en esos momentos: la rue de Seine, que cruza el boulevard Saint Germain hasta el Quai Conti desde el que Horacio divisaría tal vez la figura de la Maga sobre el Pont des Arts, si la Maga no se había decidido por asomarse a los viejos portales del Marais; o ese otro itinerario alternativo, en caso de no verla en los sitios acostumbrados, cruzar el Pont Saint Michel o el Pont au Change, que conecta la Conciergerie y el Palacio de Justicia, buscar a la Maga en una librería de la rue Verneuil, cerca de la École de Beaux Arts, o tomarse un vino en un bar de la rue des Lombards, al sur justamente del emplazamiento actual del Centre Pompidou, y avanzar por “esa zona de grandes tiendas que se acaba en Chatelet, pasa por la Tour Saint Jacques, porque la Maga, concluye Horacio, se habría ido esa tarde hasta Belleville o Pantin, muy lejos de sus trazados habituales.

En el capítulo 20, en medio de un ataque de celos injustificados de Horacio, la pareja proyecta hacia el futuro la fantasía de unos encuentros casuales, lo que les sirve para recobrar el recuerdo de las muchas veces que se sorprendieron mágicamente, como aquella noche en la Bastille, te acordarías€ concretan que fue en la rue Daval y de ahí pasan a otras citas no buscadas: en el Quai de Jemmapes, en el distrito 11, hoy uno de los espacios municipales destinados a la infancia y muy próximo al Hotel du Nord que dio título a la célebre película de Carné; el mismo día se desplazaron a la Place République, supongo que siguiendo el Boluelavrd Saint-Martin. Otra vez Horacio vio a la Maga cuando él salía del metro Mouton Duvernet, estación de la línea 4 en el distrito 14 y una de las escasas referencias al metro parisino en la novela. Antes de que Horacio abandone el apartamento de la Maga, todavía la memoria les lleva a una noche detrás de Nôtre Dame y a otras noches de felicidad con todos los amigos del Club en el Quai de Bercy, al sudeste de la ciudad, y en la Foire du Trône, una feria primaveral actualmente en las afueras del este de París y que a finales de los cincuenta del siglo pasado, la época de Rayuela, se extendía por el Boulevard Voltaire hasta el cour de Vincennes.

Pero la novela está salpicada de otros episodios callejeros protagonizados por los dos amantes. En el capítulo 6 se alude de nuevo al azar –“seguro azar” diría Pedro Salinas, uno de los pocos escritores españoles que Cortázar admiraba— que dirigía sus pasos hasta la misma fortuita esquina o cruce de avenidas; ambos vagabundeaban a menudo en ese espacio urbano favorito entre Saint Michel y Saint Germain, al norte de los jardines de Luxemburgo: la Maga camina por la rue Vaugirard y Horacio, que iba a subir la rue Buci, toma por capricho la rue Monsieur-le-Prince que lo conducirá indefectiblemente hasta el escaparate donde ella mira animales disecados. O el “sacrificio” del paraguas que se evoca en las primeras páginas de la novela: lo habían encontrado medio roto en la Place de la Concorde y, tras mucho usarlo la Maga, lo arrojan a un barranco del parque Montsouris, anécdota que Edith Aron, muchos años después, reconoció entre sus recuerdos personales de la relación con el escritor. Otras veces comían una hamburguesa en el Carrefour de l'Odéon y salían en bicicleta hacia un hotel de Montparnasse, o descendían un poco más al sur, la Porte d'Orleans y la zona de terrenos baldíos más allá del Boulevard Jourdan€, en el distrito 14, hoy un área totalmente edificada. O sustituían la hamburguesa por unas papas fritas del Faubourg Saint Denis y esa noche se besaban junto a las barcazas del canal Saint Martin, besos que debieron ser muy apasionados pues se recuperan en dos momentos distintos de la novela. Enlazados por la cintura recorrían la rue Vaneau, viniendo de la rue de Varenne, camino de la casa de Ronald y Babs, sede del Club, y de nuevo en el Barrio Latino la Maga se abalanzaba cariñosamente sobre él en la rue Saint Sulpice, o en la orilla derecha, en el Quaie de la Mégisserie contemplan los peces por la tarde. Salvo cuando la Maga quería ir a ver a su hijo Rocamadour, antes de llevar al bebé a vivir con ella, y arrastraba a Oliveira hasta las escaleras de la estación de Montparnasse. Pero preferimos abandonarlos en el capítulo 4 donde la pareja tontea con ternura sobre el Pont Neuf, paradójicamente el más antiguo de la ciudad.

2 Horacio a solas

Hay en Horacio Oliveira muchos rasgos del flâneur baudeleriano, del paseador solitario de los relatos de Dostoyevsky: “…salir a la calle, salir solo, empezar a caminar, caminar solo…” hasta esa farola de la rue de Bellechasse, cuando abandona la casa de sus amigos. A solas le ocurren a Horacio las cosas más extraordinarias, encontrarse con un exhibicionista, que es idéntico a un antropólogo, en el urinario de la rue Médicis, por ejemplo, o mezclar sueños vagamente recobrados en la esquina de Raspail y Montparnasse, esquina especialmente propicia a los descubrimientos pues allí mismo rescata de un bolsillo de su pantalón unos peculiares recortes. En el capítulo 113 se nos enumeran los muy intelectuales fogonazos que iluminan el pensamiento de Horacio mientras se desplaza a pie desde la rue de la Glacière hasta la habitación de la Maga en Sommerard. En esos paseos había descubierto que el mate más barato de París, aunque asqueroso, se vendía en la estación de Saint Lazare y podía beberse un vinito extraordinario en la rue du Chemin Vert, que une el boulevard Voltaire con el boulevard Beaumarchais; habla con un gato negro de la rue Danton (también desde la oficina de correos de esa misma calle llama por teléfono a su amigo Etienne), se entrega a especulaciones metafísicas en la rue de la Huchette o la cour de Rohan. Y vagando por el Quaie des Célestins recoge unas hojas secas que, sujetas a una lámpara de su casa, darán pie a una serie de elucubraciones sobre la percepción y el arte. En Rayuela se citan muchos pintores –uno de los personajes identifica a Horacio con un Mondrian—pero los personajes frecuentan más los cine-clubs que los museos, aunque en uno de los peregrinajes sin rumbo de Oliveira se nos dice que visita toda la sección egipcia del Louvre. Abundando en lo anterior, se comenta que Horacio durante una época, en vez de leer, prefería ir a ver “las amarillas películas de la Cinemateca”, hoy en el nº 51 de la rue Bercy (distrito XII), pero a finales de los cincuenta del siglo pasado, cuando transcurre la novela, se ubicaba en el 29 de la rue Ulm, justo al sur del Panthéon y casi al lado de donde vivía Berthe Trépat.

En los €œCapítulos prescindibles€ se nos narra el breve affaire entre Horacio y Pola que otorga una cierta importancia a la rue Dauphine donde vive la muchacha (pleno Barrio Latino, como no podía ser menos), y que adquiere un carácter alucinatorio conforme los dos avanzan hacia ella. Confuso, manteniendo un cinismo autoprotector y entregado a una verborrea mental que sirve de perfecto correlato a su borrachera, Horacio Oliveira pasa sus últimas horas del lado de allဝ entre los clochards que solía observar en compañía de la Maga, mirando amanecer por encima de los jardines del Vert Galant (que reciben el nombre por una estatua de Enrique IV, rey que respondía a ese apodo de €œviejo verde€), en la punta de la isla de San Luis, y enzarzado en una absurda conversación etílica con la alcoholizada Emmanuelle –se habían refugiado en la galería de la rue de l’Hirondelle para beber vino tinto-- a la que varias veces había espiado besándose con otro vagabundo en medio de una borrachera descomunal “en los bancos y pretiles del Pont des Arts, debajo de los portales de Saint Germain l’Auxerrois y una noche en la rue Git-le-Coeur”, en realidad una calle diminuta y entonces nada limpia (como corresponde a la personalidad de Emmanuelle) que sale desde la estación del metro Saint Michel y llega al muelle de los Augustins, pero calle con salida al fin y al cabo, y no como la próxima rue Nevers, calleja cerrada, por la que la Maga y él habían visto desaparecer a los dos clochards titubeantes. La sin techo es la última persona que le hablará a Horacio de la Maga; sus paseos por la zona no le habían pasado desapercibidos y de hecho se había fijado con mucho detalle en ella, en su ropa, en su tristeza, en cómo se gastaba los francos comprando comida para las palomas de la Isla de San Luis; a partir de ahí Horacio entra en un soliloquio mental que le hace delirar sobre su kibbutz particular que podría situarse al otro lado del mar o, quién sabe por qué, en las calles Galande, un callejón mínimo que bordea la iglesia de Saint Julien le Pauvre, o la rue Puteaux, que surge, lejos de donde se encontraba Oliveira en ese momento, del bolulevard des Batignolles.

Los personajes de Rayuela, que no se caracterizan por sus obligaciones laborales, hacen vida de café. No es de sorprender, por tanto, que cuando en el capítulo 132 Horacio se lanza a un catálogo caótico de los cafés famosos del mundo (entre ellos el madrileño Gijón), más de la mitad sean cafés parisinos: dos están en el boulevard Montparnasse, el Dome, que data de 1898, y un poco más adelante la Closerie de Lilas (uno de los favoritos de Luis Buñuel); y otros dos en el Bolulevard Saint-Michel: La Copoulade, de 1934, probablemente el lugar donde Horacio comienza a seducir a Pola, y el Cluny, de 1869, y hoy desaparecido; el Café de la Paix se encuentra en zona más burguesa, en la plaza de la Ópera, y Les deux Magots, también del siglo XIX, en el Boulevard Saint Germain; Au chien qui fume, más restaurante que café, fundado en 1740, es uno de los más antiguos de la ciudad y abre sus puertas en la rue du Pont Neuf; el Dupont-Barbés, que llegó a ser propiedad del actor y director de cine Jacques Tati, se encontraba en la esquina del Bolulevard Barbés y el Boulevard Rochechouart, cambió el nombre por Barbés-Paris y fue devorado por la especulación inmobiliaria. No menciona Cortázar el famoso Café de Flore pero Zampaglione da por hecho que a él se refiere cuando la Maga le cuenta a Horacio su vida en un café del Bolulevard Saint-Michel; sin duda el fotógrafo se equivoca, ya que el Flore se ubica en Saint Germain.

En el último capítulo del libro, el 155, Horacio encuentra en su bolsillo una lista de videntes de París, la lee divertido y cuando pasa por el cementerio de Montparnasse hace una bolita con el papel y la arroja por encima de la tapia del camposanto deseando que caiga sobre la tumba de alguna de las celebridades que allí reposan. Hoy el gran escritor yace en ese cementerio junto a su última mujer, Carol Dunlop; seguramente él habría apreciado la casualidad.

3 Episodio de Berthe Trépat

El concierto de Berthe Trépat y su grotesco regreso a casa del brazo de Horacio es tal vez el fragmento aislado más célebre de Rayuela, junto con la descripción en glíglico de un encuentro erótico de los amantes en el capítulo 68. El trayecto meticulosamente anotado de esa vuelta al hogar merece un apartado por sí solo. Oliveira quiere refugiarse de la lluvia y decide entrar en la Salle de Géographie donde se ofrece un concierto de piano entre otras actividades en principio menos estimulantes. Sin duda Cortázar se refiere a la Societé Géographique, la más antigua del mundo de su clase (fue fundada en 1821) y que todavía se ubica en el nº 184 del Boulevard Saint Germain; a juzgar por el programa que le atribuye, el novelista debía de considerarla una organización más bien casposa y el inefable recital de madame Trépat está a la altura de esa concepción. Sin duda es el momento más cómico/patético del libro, que continúa en ese registro cuando Horacio se presta a acompañar a su casa a la frustrada concertista que le asegura que vive cerca del Panthéon y que prefería caminar; Horacio acorta por la rue Lobineau con intención de dejarla a continuación pero la anciana se aferra a su brazo y cruzan juntos a la rue Tournon por donde bordean los jardines de Luxemburgo para descender por la rue de Médicis y tomar luego por la rue Saint-Jacques; Horacio deduce que la señora vive en la rue de l’Estrapade, en efecto a la derecha del Panthéon, y la conduce delicadamente tratando de evitarle los chorros de agua que caen de las cornisas de la rue Clotilde. Se detienen en el nº 4 de l’Estrapade pero la Trépat se niega a subir por temor a que su pareja esté con un amante; se encuentran exactamente en la esquina de la rue Thouin y la rue Tournefort por la que huirá Horacio ante el escándalo que organiza la pianista al sugerirle el argentino que le paga un hotel, concretamente uno en la rue Valette (se ve que Horacio elegía el mismo lugar para sus amantes y para sus obras de caridad). Sólo al llegar al Jardin des Plantes reflexiona Horacio sobre los episodios del día.

Otros

Una gran parte de las largas conversaciones a varias voces de la novela tiene lugar en el apartamento de Ronald y Babs en la rue Babylone, distrito 7º; el pintor Etienne trabaja en su taller (no se nos indica si también vive allí) cerca de la place d’Italie. Mientras que el misterioso escritor Morelli, cuyas teorías literarias pone en práctica Rayuela, vive en la rue Madame, en el distrito 6º; Horacio y Etienne van a visitar a Morelli, que ha sufrido un accidente en la calle, al hospital Necker, en el 149 de la rue de Sèvres.

Se citan de pasada en la novela otros puntos de París por los que los personajes no transitan pero que completan este mapa rayuelesco. Por ejemplo, Berthe Trépat le cuenta a Horacio que en la Gare de Lyon, al este y la más importante de la ciudad, se encontró una vez a la compositora Germaine Taillaferre, la misma estación que utilizaba la Maga €œsi te vas a Lucca, amor mío; o de una vidente húngara, incluida en la lista que llevaba Horacio en su bolsillo, se nos especifica que tenía su “consulta” en la rue des Abbesses, área de Montmartre que no se menciona en otras páginas de la novela. O cuando en el capítulo 76 un surrealista Oliveira se imagina que del bolso de Pola surge una especie de embudo de terciopelo que se traga la zona de París donde ambos charlan en ese momento, y cita, entre otros enclaves ya mencionados en páginas anteriores, la rue Gay-Lussac, la rue Soufflet, ambas en pleno Barrio Latino, y la Fontaine de Médicis que embellece los jardines de Luxemburgo. En otro momento, asomado al Pont Neuf, Oliveira observa a un tipo que sigue a una negrita y la Maga le dice que la conoce porque trabaja en un café de la rue de Provence, una calle que corre casi paralela al boulevard Haussman. También menciona Horacio la biblioteca más antigua de Francia, sita en el nº 23 del Quai de Conti, la Bibliothèque Mazarine, donde se le ocurre que podrían ir a investigar temas inútiles y absurdos. Y sabemos que en la rue du Jour, una callecita cerca de Les Halles, que une la rue Montmartre con la rue Rambuteau, ofrecían una sopa caliente a los clochards con los que pasa Horacio sus últimas horas parisinas.

José María Conget, escritor, autor de la ruta

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