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Españoles en la Revolución Francesa

Ruta temática (1789 - 1799)

" Un puñado de idealistas en busca de valores revolucionarios para España "

Inicio de ruta: Plaza de la Bastilla

Fin de ruta: Plaza de la Guillotina (Concorde)

Número de lugares: 17

Distancia total: 3,704 km

Autor de la ruta: José Manuel Fajardo

Autor del ensayo "La epopeya de los locos. Españoles en la Revolución Francesa" y de novelas traducidas a 6 idiomas, el escritor granadino ha sido corresponsal en París y posee el Premio Internacional de Periodismo "Rey de España".

Inicio de Ruta
Vídeo de la ruta Vídeo del especialista
De la Bastilla a la Guillotina Libertad, Igualdad, Fraternidad

José Manuel Fajardo, escritor

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Las huellas de la otra España

Es un clásico en el pensamiento moderno español hablar de "las dos Españas". Y la verdad es que, a lo largo de los siglos, una de esas "dos Españas" que han de helarnos el corazón, como cantaba Antonio Machado, ha enviado al exilio a generaciones de españoles: desde la expulsión de los judíos en 1492 hasta el exilio de los republicanos, tras la guerra civil, pasando por la expulsión de los moriscos en 1609 y los sucesivos exilios de reformistas y liberales en los siglos XVII y XIX.

En 1789, el estallido de la Revolución francesa provocó una oleada de represión en la España de entonces -todavía dominada por la presencia de la Inquisición-, para prevenir la influencia revolucionaria, que obligó a muchos de los jóvenes intelectuales de la época a buscar en París, una vez más, la libertad que no hallaban en su patria.

Bien se puede decir que esa "otra España", crecida en el exilio, siempre soñando con la libertad, ha tenido muchas veces su domicilio en Francia. Un país que para los españoles de ideas progresistas ha representado una especie de segunda patria. En él se instalaron muchos de los criptojudíos (los llamados "marranos") que escaparon de los tribunales inquisitoriales en los siglos XVI y XVII. En él buscaron refugio los españoles que soñaban con hacer llegar a España las nuevas ideas de la Revolución Francesa.

Por razones de pura táctica política, muchos se instalaron en el sur, cerca de la frontera, en la ciudad de Bayonne. Desde allí hicieron entrar clandestinamente en España panfletos y libros que agitaban las conciencias y que animaron a otros (como el círculo de conspiradores de Joan Picornell, en Madrid en 1795) a intentar alzar al pueblo contra el despotismo. Un esfuerzo vano, pues los conspiradores madrileños acabaron en las prisiones de las colonias americanas.

Pero es en la ciudad de París, corazón de la Revolución y estandarte de la Francia moderna, donde se pueden seguir mejor las huellas de estos españoles. En el café Corrazza, en las arcadas del Palais Royal. En la iglesia de Saint-Eustache, junto a Les Halles. En la rue Saint-Honoré. En la catedral de Nôtre-Dame. En la antigua prisión de La Conciergerie, con sus imponentes torres cilíndricas. Por todos esos escenarios pasaron y esta ruta virtual trata de alumbrar las huellas que dejaron en ellos.

Las huellas de unas vidas cuyo sólo enunciado parece una novela. Teresa Cabarrús, la bellísima hija de un ministro de España, amante de un líder revolucionario, causante de la caída de Robespierre, reina de las fiestas del París post-revolucionario, amiga de la emperatriz Josephine, amante sucesiva de políticos, banqueros y príncipes, que terminó su vida, gorda y madre de una numerosa prole, en un castillo de Bélgica. José Marchena, poeta andaluz que engañó a eruditos de toda Europa componiendo en latín un falso texto de Petronio, agitador político, ateo militante, amante feo y apasionado, condenado a muerte y salvado de milagro, detestado por uno y adorado por otros, funcionario del ejército napoleónico en la invasión de España.

Juan Antonio Carrese, comerciante y espía, cuyas huellas se pierden en el tráfico de armas entre Londres y España. Andrés María de Guzmán, aristócrata y militar andaluz nacionalizado francés, juerguista empedernido, amigo de Danton, capitán de la partida de hombres que hizo sonar las campanas de Nôtre-Dame para que el pueblo se alzara en armas y llevara a Robespierre al poder, y que acabó siendo guillotinado por el mismo hombre al que había alzado. Andrés María de Santa Cruz, soñador loco y pobre que abrazó la nueva religión racionalista de la teofilantropía y malvivió en el París revolucionario, para terminar muriendo aún más pobre y más solo que nuca después de ver sus sueños hechos añicos.

Unas vidas exageradas, tremendas...y olvidadas, cuyos pasos merece la pena seguir, siquiera sea como homenaje a esa "otra España" que, con sus grandezas y sus miserias, forma parte esencial de lo que somos.

José Manuel Fajardo

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