Rutas disponibles:

Usa tu móvil para capturar la información de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

Escritor (1864-1936)

" Esta ciudad lumbre me alumbra mi pasado "

Inicio de ruta: "Novelty" Family hotel

Fin de ruta: Plaza Vendôme

Número de lugares: 16

Distancia total: 8,796 km

Autor de la ruta: Jean-Claude y Colette Rabaté

Unamuno viajó tres veces a su ciudad "lumbre". En 1889, para la Exposición Universal y en 1935 para la inauguración del Colegio de España. Pero su paso más largo, fecundo y amargo fue como exiliado, tras huir de Canarias, en 1924.

Inicio de Ruta
Vídeo de la ruta Vídeo del especialista
Paseo por la "ciudad lumbre" Los viajes y el exilio de Unamuno en París

Jean-Claude y Colette Rabaté

Descarga la ruta de bolsillo

Rutas

Los entrañables y contrastados vínculos entre Miguel de Unamuno y París se inscriben en el marco de dos fechas claves: 1889 y 1936. Oscilan entre la fascinación del joven, seducido por la "€œciudad lumbre"€ con la recién estrenada Torre Eiffel y la añoranza de un anciano ya agotado, testigo en 1935 de otro estreno, el del Colegio de España, en la Ciudad Universitaria parisiense; durante un breve y último viaje, a finales de febrero de 1936, afloran los recuerdos de la amarga pero fecunda experiencia del destierro, entre julio de 1924 y agosto de 1925.

Durante trece meses, el contacto cotidiano con la capital gala despierta en el desterrado sentimientos contradictorios de admiración y rechazo. Por una parte, como antaño en Madrid, no se siente a gusto en los bulevares, perdido entre autos y tranvías, en el "mareo"€ de la corriente humana. No le deja dormir en paz “el traqueteo de los autos€; no le gusta tampoco el clima de París pues los días de sol no son muchos y suele leer tendido en la cama del cuarto del hotel, su "€œjaula"€.

Durante los momentos de nostalgia, se refugia en sus "€œpaisajes del alma"€, redactando para la revista argentina Nuevo Mundo unos artículos titulados €"Salamanca en París€, €œMontaña, cielo y mar€. Paradójicamente piensa en Gredos cuando ve la torre Eiffel al cruzar el Sena en metro; del mismo modo, en el parquecito de los Estados Unidos, cerca de su hotelito, cierra los ojos para ver mejor el salmantino campo de San Francisco. En el momento de la apertura del curso universitario, recuerda su aula ; le invade de nuevo la imagen de Gredos, €œla sierra matriz de Castilla y le obsesiona la angustia de morir lejos de su patria: "¡Visión eterna la de Gredos! Eterna, sí; y no porque haya de durar por siempre ¿la llevaré conmigo bajo tierra cuando me arrope para el sueño final en ella?, sino porque está fuera del tiempo, fuera del pasado y del futuro, en el presente inmóvil, en la eternidad viva. (I, 570-572)

Por otra parte, no deja de fascinarle París, capital de la intelectualidad, donde entabla relaciones con célebres editores y escritores franceses, europeos e incluso hispanoamericanos. Su postura aliadófila durante la Gran Guerra así como su buen conocimiento del francés le abren puertas y su obra va adquiriendo una dimensión internacional. Acude a las reuniones del Pen Club, -asociación Internacional de Escritores de unos 18 países-, y a casa de Madame Aline Ménard-Dorian, quien anima uno de los salones más brillantes de París, una fortaleza del dreyfusisme frecuentada por hombres de letras, artistas y varios diputados republicanos entre los cuales Georges Clémenceau. También le atraen y le asombran los jóvenes "melenudos" que frecuentan los cafés de Montparnasse commo €œLa Coupole” o le Dôme€.
Al fin y al cabo, la experiencia parisina es €œfecunda€ y, de vuelta a Salamanca, a finales de febrero de 1930, le confiesa a Jean Cassou, su traductor y amigo: "De mis trece meses de París me he traído ante y sobre todo a usted. Volveré a esa pero no ya como desterrado, no a aquellos ansiosos días de mortal expectativa, volveré a esa donde tantos recuerdos y tantos afectos he dejado, volveré a París de Francia"€.

En abril de 1935, cumple con la palabra dada a Jean Cassou y regresa a París, para participar en la inauguración del Colegio de España en la Ciudad Universitaria. La estancia en la capital francesa también reaviva recuerdos del exilio diez años atrás con sus tres lugares favoritos: la isla de San Luis, la plaza de los Vosgos y el Palais Royal, "€œlo secular, lo inconmovible de Francia, de la Francia francesa, provinciana, aldeana, terruñera" (VIII 1230-1231).

En febrero de 1936, pasa dos días muy agradables en París gracias al embajador de España Juan Francisco Cárdenas, y de vuelta de Oxford, nos deja una última visión de la capital francesa, empapada de una tristeza y una soledad que son las de un anciano agotado:

El cielo de la ciudad
Por los tejados ceñido,
Sin campos verdes, perdido
En remota soledad.

(OCE, VI, 1418)

1